Exposición. Del 26 de abril al 29 de julio de 2007.
Un conocido aforismo latino reza: Nihil vólitum quia praecógnitum (Nada es querido si antes no es conocido), dicho de otro modo y con interrogante: ¿Se puede amar, sentir como propio o valorar aquello que no se conoce? Difícilmente, por no decir imposible. Evocando a Ovidio (Ars Amatoria, 3,397), que nos recuerda que no se desea lo que no se conoce (Ignoti nulla cupido), podemos hacer extensivo esos dichos a parcelas como el patrimonio cultural. Nuestros monumentos, nuestros cascos históricos, la variada arquitectura civil, el rico acervo religioso, en definitiva los bienes culturales, no darán de sí todo cuánto encierran, si quienes componen la sociedad no los conocen, comprenden y valoran, sintiéndolos como algo propio y que les identifica con un pasado histórico concreto.
Alta responsabilidad en la difusión de esa auténtica historia parlante corresponde a quienes detentan responsabilidades en materia docente y cultural, desde aquéllos que tienen a su cargo a los estudiantes en sus diferentes ciclos, los responsables de sus planes de estudios, hasta quienes diseñan programas de extensión cultural en organismos oficiales y de iniciativa social, y por supuesto quienes tenemos a nuestro cargo responsabilidades políticas.
Una sociedad moderna, culta, avanzada y con unos niveles de bienestar elevados, no puede permitir que sus monumentos queden como ausentes de la realidad. Una sociedad en la que las necesidades primarias han sido cubiertas, se encamina hacia la “sociedad del bienestar”, donde los bienes culturales con los que marcan la meta. El progreso, pues, se mide por un nivel cultural alcanzado por la misma. Ello ha generado que en países desarrollados exista una gran demanda social por lo que signifique cultura. Su uso y disfrute se ha convertido en una exigencia de la comunidad ante los gobiernos, lo que se ha traducido en el derecho de los ciudadanos a la misma, como reconocen los textos constitucionales.
El disfrute en torno a los bienes culturales por parte de la sociedad constituye una buena manera de tomar la temperatura a una sociedad en su más alta dimensión, la que mide sus más altos valores. Los medios para la percepción de todo su mensaje son variados: desde de una visita multidisciplinar, una conferencia, la lectura de unos textos, de las impresiones escritas que suscitaron a quienes lo visitaron en siglos pasados, la audición musical junto a ellos, hasta una reflexión sobre la influencia que han ejercido hasta llegar a su actual concepción,
El historiador, el arqueólogo, el bibliófilo, el historiador del arte, tienen su responsabilidad ante la sociedad, pues deben devolver a ella lo que han llegado a comprender y valorar, tras años de estudio y especialización.
Con insuficiente proyección caminaríamos, si nos limitásemos a restaurar un edificio o un órgano, si no somos capaces de deleitarnos en la historia de esos muros, del uso y función de sus partes, de quienes lo hicieron posible, de qué nos pregona con sus volúmenes e imágenes y de qué ha servido a lo largo de los siglos; o de escuchar los sonidos de ese instrumento musical que ha sido un fiel aliado del culto, un auténtico símbolo parlante de poder y simpar metáfora de los coros angélicos. Enseñar todo ello es tarea que la administración no puede descuidar, pues fracasaría en algo tan básico como explicar los porqués de tantas y tantas cuestiones: técnicas, mensajes, modos de expresión, historia de una sociedad que se manifiesta de una o de otra manera…. etc.
Es práctica usual que las instituciones, fundaciones, empresas….etc. que aportan importantes cantidades de dinero para las intervenciones en conjuntos monumentales, su restauración y conservación, deseen que su esfuerzo económico se vea recompensado ante la sociedad, dejando constancia de su labor en la promoción y conservación del patrimonio cultural. Esta es la filosofía de las diversas actuaciones sobre el patrimonio en nuestra tierra y
Las posibilidades de patrimonio cultural son infinitas para mostrar, desde diferentes puntos de vista aspectos tan variados como la vida cotidiana en un monasterio, el patrocinio de las élites privilegiadas en una catedral o un palacio, la llegada de influencias puramente formales a través de rutas, caminos o intervenciones personales; o la visión conjunta de todo eso que hoy separamos, por comodidad, pero que en su día estaba integrado totalmente, cuando iban de la mano literatura, música, liturgia, protocolo, imágenes …etc.
En la exposición Fitero: el legado de un monasterio, cuya catálogo nos honramos en presentar se persiguen esos fines de conocimiento y divulgación en torno a unas piezas que, convenientemente restauradas, hablan por sí mismas y les hacen hablar el conjunto de especialistas que las han estudiado a fondo. El topónimo Fitero, conocido por su monasterio, sus aguas termales y por el “apellido” su santo Patrón San Raimundo, deseamos sea también santo y seña de esta muestra que recoge tantos y tantos aspectos de un rico pasado que se proyecta hacia el futuro.
Miguel Sanz
Presidente del Gobierno de Navarra

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