Exposición. Del 26 de abril al 29 de julio de 2007.
Los siglos XVII y XVIII significaron para la sacristía monacal esplendor y magnificencia, en consonancia con lo que ocurría en grandes catedrales y destacados monasterios. Visitadores y abades se encargaron de la realización de sobresalientes piezas relacionadas con el culto y la fiesta, en sintonía con los usos y modas del Barroco, un arte destinado a captar y cautivar mediante los sentidos.
La propia sacristía, espacio elegido para mostrar algunas de estas piezas, se levantó entre 1725 y 1730, y se decoró con lienzos del siglo anterior y mobiliario rococó. Sus armarios y cajoneras conservaron una colección variada de plata, enajenada en parte por el Ayuntamiento de la villa, en 1811, para hacer frente a contribuciones extraordinarias.
El relicario del monasterio fue riquísimo, destacando una serie de piezas insignes, como el omoplato de San Andrés, la canilla de San Raimundo y otras debidamente autentificadas. No faltaron las de carácter maravillosista como partículas “del lugar donde Cristo fue reclinado en el pesebre, del lugar donde subió Cristo a caballo el domingo de Ramos, de un hueso de Santiago, patrón de España...”. Parte de aquel tesoro espiritual e inmaterial, enriquecido a lo largo de los siglos, permaneció oculto en las arcas-relicario de madera dorada de fines del siglo XVI, decoradas por el taller de Rolan Moys.
El conjunto de bordados que ha llegado hasta el presente habla por sí solo de la importancia de este tipo de piezas en una liturgia basada, en gran parte, en el impacto sensorial y la música. El gran terno pontifical, realizado por las Carmelitas Descalzas de Pamplona, o la delicada colgadura dieciochesca de procedencia aragonesa son fieles exponentes de todo ello.